EXPOSICIONES · CENTRO DE ARTE JAIME TRIGO
 
 

 

JOSE LUIS VALBUENO

 

Pontevedra 13 de Julio del 2007

Como si de un profundo suspiro se tratara, las obras de José Luís Valbueno, van calando hondo en el panorama artístico actual. Enamorado del paisaje, sobre todo del ambiente marino, lo representa en numerosas obras, logrando una expresividad y una fuerza mayestáticas.
Adscrito a una pintura de búsqueda y experimentación, utiliza en numerosas ocasiones técnicas mixtas en las que entremezcla diversos materiales, como el papel, con el óleo y el acrílico.
Los paisajes de Valbueno suponen un pulso plástico inconfundiblemente personal. Son paisajes que se difuminan en la lejanía, dando un sentido de melancolía y atemporalidad a su pintura, de frecuentes atmósferas clasicistas peculiarizadas esencialmente por el tono poético que surge de su sencillez formal. Busca la simplicidad y elementalidad, sin más límites y aditamentos que los precisos. Ahí precisamente reside uno de sus máximos alicientes: sus esquemas son voluntariamente simples adquiriendo una fuerza expresiva y suscitando un poder de evocación que difícilmente deja impasible al espectador que las observa.
El artista se deja llevar por la atracción del trazo, toca el pincel con color y mancha, dibuja, traza, pinta, contornea y siluetea hasta donde le lleva la intuición, el impulso, el arrebato. Pinta con libertad y ganas, con un pincel muy poco cargado que le permite reflejar hasta la más mínima sutileza. Su pincelada libre y suelta y la mancha aguada y ligera convierte a sus contornos en nerviosos, precisos, vibrantes y poco delimitados.
En las marinas se recrea en grandes espacios, empleando normalmente tonalidades monocromas, dando lugar por la finura de su trazo y la regiedad de las formas a composiciones con un hálito de intimidad desoladora, a paisajes de metafísico respiro y con características rigurosamente personales. Se puede decir de este modo que Valbueno ha plasmado en su pintura abstracciones de carácter lírico ayudado por el uso de una paleta austera, la delicada utilización de dibujos y formas que tienden a recrear un clima elegíaco, nostálgico, que define su obra y acredita sus cualidades poéticas.
Profundo conocedor del lenguaje plástico, sus obras son de tipo naturalista, destacando como antes comentábamos sus paisajes, sus pictóricas marinas, de colorido sobrio, composición abierta, con escenarios vistos de frente, que abarcan desde los primeros términos donde suele situar unas rocas (que parecen de cartón piedra por su esquematismo) a amplias lejanías, en las que se aleja de todo elemento innecesario o anodino, así como de cualquier tipo de efectismo, resultando unos paisajes siempre agradables en los huye de todo barroquismo y en los que puede recrearse cualquier contemplador. El pintor trata de descubrir una nueva dimensión en las formas encontrándose en la esencialidad de las cosas, en el paisaje desprovisto de toda anécdota referencial donde todo se simplifica hasta el límite de lo posible, dejando solamente un atisbo de realidad para en ella colgar nuestra imaginación.
Sus cielos sobriamente construidos, con planos claramente diferenciados, los matices de sol y sombra difuminados con veladuras y el dibujo elegante y la construcción precisa y certera nos pone en contacto con un realismo puesto al día, una obra cuidada y sensible que le sitúa entre los más estimables paisajistas del momento.

Asimismo cultiva el retrato por sus fuertes convicciones humanistas, donde manifiesta su versatilidad y su destreza técnica. En este caso, sus composiciones se circunscriben a la representación del ser humano donde mejor se desvela: en el rostro, que sigue siendo el mejor y más seguro espejo del alma. En estas obras el color es sobrio, contenido, armónico y muy dosificado. El pintor adopta un modo muy imaginativo que le permite demostrar su gran dominio del dibujo y la pintura, su sólida formación artística y su pasión por descubrir el lado oscuro de la realidad, su cara oculta.
Cabezas, rostros de fuerte carga expresiva, son casi su única temática, en una pintura de fuerte dicción neoexpresionista, austera, casi monocromática, resuelta con economía de trazos y en la que se dan cita la agudeza y el ingenio.
En estos retratos, perdidos en ensoñaciones y cavilaciones, sumidos en un mundo profundamente revelado, emergen escalas de colores investigados; a veces parece que el pintor carga sus pinceles en polvo de mármol, tierras, ceniza o similares, para conseguir los más varios y acertados efectos. Utiliza colores raramente violentos, toda la gama de los grises, a menudo matizados, jugando asimismo con blancos templados y negros profundos, pero también con ocres, marrones y amarillos que sostienen la intensidad de este lenguaje orgánico.
Si la poesía es un silencio repetido, que accede a la palabra, y se convierte en ritmo y armonía, la obra de un pintor como José Luís Valbueno es poesía convertida en imagen directa, rompedora, inaudita y cautivadora; una obra plena de armonía y serenidad que invita a la contemplación y al deleite.

Marta Méndez

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